sábado, diciembre 30, 2006

Sensaciones de momento


¡Puta! Es la milésima vez que me sucede lo mismo. Tengo ganas de escribir y, cuando llego acá, no sé como empezar. Y todo lo que se me ocurre me parece una gran pelotudez. ¿Cuál es el tema? ¿Miedo? ¿Auto represión? ¿Falta de imaginación? No tengo ni la más puta idea. Estoy perdida. A ver, voy a intentar ser franca conmigo misma. ¿Por qué no escribo? Porque soy una cagona. No me dá el cuero para expresarme abiertamente. La opinión de los demás es una espada de… ¿Cómo era? ¿Damocles? Bueno, no sé. Eso que no te deja ser. ¡Otra gran pelotudez! ¿Cuál es el problema? ¿Acaso no puedo escribir lo que se me dé la reverenda gana? ¿A quién carajo le importa? ¿Necesito de la aprobación del resto? Me parece que sí. ¡Qué cagada! Así jamás voy a lograr escribir. ¡Qué mierda!

¿Sobre qué quería escribir? Ah, sí. Sobre aquella vez que decidí, junto con mi ex, tener una experiencia de tres. En la cama. Sí, en la cama.

Apenas habían pasado tres meses del nacimiento de mi retoño hembra.

Resulta que, vaya uno a saber por qué razón, la parición, me produjo una fuerte depresión. Estuve, fácil, dos meses, sumergida en una sensación de angustia permanente. No me interesaba nada. Sólo quería dormir. No pensar. A mi hija no le daba ni cinco de bola. Era un monstruo. No sentía, en absoluto, ese tan mentado amor maternal. Pero, a la vez, me sentía una mierda. Una propia cagada.

Miro, en este momento, a mi retoño hembra y, es tan hermosa. Una yegua de 14 años que me saca canas multicolores, pero que amo como a mi propia vida. Es tan independiente. Simple. Segura de sí misma. Es una mujercita sensacional. Y vive su vida. Mal o bien, pero su vida. Ella sabe, casi, defenderse sola. Y sufre, obvio, como todos. Pero también sabe que, indefectiblemente, yo estoy ahí. A la sombra. Atenta a surgir, cuando apenas chasquee los dedos, como señal que es tiempo que intervenga. El vínculo que hemos creado, es sumamente extraño. Ella me admira, y yo la admiro. Ambas nos nutrimos mutuamente. Es como si creciéramos juntas. Nos entendemos. Discutimos. Me enfrenta. Me dan ganas de partirle la cabeza y, de pronto, sólo quiero abrazarla. Y la abrazo. Y nos abrazamos. Y sabemos que nos queremos. Y que quererse significa respeto por nuestras libertades. Y ahora, ya se fue. Con el novio. Y yo, sigo aquí, haciendo lo que me gusta, escribir.

sábado, diciembre 16, 2006

Ismael Serrano - Amo tanto la vida

sábado, junio 24, 2006

Vos

Si existe alguien que inspire mis más nobles sentimientos, ese sos vos. Y me pregunto: ¿Quién sos? Sos nadie y alguien a la vez. Sos nadie para el mundo, sos alguien para mí. Alguien que es capaz de despertar mis sentidos, alguien capaz de hacerme soñar, creer… Creer que vale la pena vivir, que no estoy sola. Que existe alguien más que siente, que es humano, que vive, que existe… ¿Te idealizo? Tal vez… No sé… Sólo sé que estas ahí, en mi mente. Que intento sacarte, y no puedo. ¿Sos de carne y hueso? Sí. Sé que sos de carne y hueso, pude tocarte… ¿Me mentiste? No lo sé. No lo creo. Te sentí auténtico, imperfecto, hombre… Te sigo amando… ¿De verdad? No sé. De verdad, no sé. Pero de fantasía, sí.

sábado, marzo 04, 2006

Ensayando puteadas

Metáfora. Desde que la descubrí, me enamoré de ella – como podrán apreciar soy una eterna enamorada, siempre me estoy enamorando de alguien o algo -.

Recuerdo que, quien me acercó por primera vez al concepto de metáfora, fue mi maestra de sexto grado; la señora de Sesto. Si. Ese era su apellido, no es broma.
Aún hoy, puedo escuchar sus palabras, ensayando algún ejemplo, para que comprendiéramos mejor, sobre que estaba hablando.

- Uno puede decir, simplemente, está nevando, o cae nieve. Pero también puede decir, la nieve cae, como suaves copos de algodón, sobre el frío asfalto de la avenida; mientras el viento, que sopla incesante, barre el blanco tejido.

A mi me pareció fantástico. Era como un juego de embellecer lo cotidiano. De ponerle un toque poético a la mísera realidad. A partir de ese descubrimiento, me zambullí en el frenesí de jugar con las palabras.

Probablemente por eso, hoy, jugueteando con ellas, se me ocurrió ensayar puteadas metafóricas.

- ¿Por qué no te diriges nuevamente, a ese lugar recóndito, húmedo y caliente, de donde una vez surgiste inocente? – reemplazando, por ejemplo, la puteada: ¿Por qué no te vas a la concha de tu madre?

Díganme, sinceramente, si no resulta mucho más poético.

O por ejemplo, una puteada muy de onda en los jóvenes púberes de esta época.

- Mujer que brindas placer indiscriminado, a veces por dinero, a veces por nada, oriunda de aquel lugar sombrío y de fuertes aromas – obviamente, queda mucho más elegante que un simple “puta del orto”.

Claro, nos encontramos con el inconveniente de la falta de practicidad. Se pierde la calidad de puteada. Hasta puede ocurrir que deseemos que nos puteen permanentemente. Se transformaría, la siguiente, en una fantástica invitación:

- Hombre o mujer, entréguense a la delicia de sentarse a ejecutar sonidos melodiosos, embriagarse en originales perfumes y dejar su obsequio en el majestuoso trono de los placeres privados; en vez del soez convite, “váyanse a cagar”.

Creo que dejaré este ensayo e intentaré otro juego. Nada queda mejor, en el momento oportuno, que una buena puteada sin pelos en la lengua.

jueves, febrero 16, 2006

Enamoramiento virtual

Con este tema del día de los enamorados, apenas pude ayer, navegar por la red. Un vicio, que ya hace tiempo, agregué a mi lista de adicciones; y que al no lograr saciar plenamente, hizo que me enfrentara al terrible síndrome de la abstinencia.
Al principio, fue difícil; sin embargo, logré canalizar mi ansiedad, recordando algunas de mis experiencias internetianas.
Haciendo honor al día de San Valentín, vil invento comercial para meternos las manos en nuestros bolsillos, recordé mi primer amor virtual – iba a poner también “único”, pero eso hubiera sido una gran hipocresía, ya que me enamoré virtualmente muchas veces-.
Mi primer amor internetiano fue un hombre casado, de aproximadamente 40 años o más, que me sedujo apenas leí un mail, en el cual me invitaba a contactarnos.
Él utilizó una palabra que no era común para mí. Decía en ese mail: “… te ves monísima”, refiriéndose a la foto que estaba colocada en mi perfil público. Podría haber dicho “estas encantadora” o llamarme “bombón”, o cualquiera de esos calificativos que utilizan normalmente los hombres como piropo. Pero no, él usó “monísima” y me conquistó con esa palabra algo pasada de moda.
Obviamente me puse en contacto con él, previo intercambio de fotos. Comenzamos a conocernos a través de un simple chat a ciegas, o sea, sin cámara de por medio.
De acuerdo a la foto que me envió, parecía tratarse de un hombre de campo. Se lo veía bastante apuesto, de bombacha, boina y alpargatas, cebando mate a la sombra de un árbol. Pensé: definitivamente, es mi tipo. Tengo cierta predilección por lo campestre, lo simple, lo natural.
No transcurrió mucho tiempo para enterarme que, en realidad, era un hombre de negocios, que tenía una empresa en pleno microcentro. O sea, no era mi tipo. No me resultan para nada atractivos esa clase de hombres. De todas maneras, haciendo a un lado cualquier prejuicio, continué en contacto con él, y aquello fue mi perdición.
Digo mi perdición, porque cuando me enamoro pierdo la razón. Y eso sucedió.
Al cabo de un tiempo, tenía yo un solo objetivo, conocerlo personalmente. Claro, era algo complicado existiendo entre nosotros, más de dos mil kilómetros; y en mi caso personal, una situación económica algo precaria. Pero, como dije, cuando me enamoro no existen razones. Y sentía que lo amaba con locura, que no podía dejar que quedara en una fantasía, en una ilusión, en un sueño.
En pleno invierno, saqué un pasaje en ómnibus a Buenos Aires, y viajé treinta y seis horas, sólo para conocerlo personalmente.
Llegué un día domingo. Retiro me recibió con un fiambre tirado en plena calle, tapado con diarios y unos cuantos policías. Tomé un taxi, que me dejó en la puerta del hotel en el cual había hecho una reserva por 6 días y 5 noches, ubicado en la zona de Congreso. Debía esperar hasta el día siguiente para ponerme en contacto con él.
Lunes, martes y miércoles, solamente hablamos por teléfono. Aún recuerdo su voz. Era áspera, nada dulce; era, sin embargo, la mejor caricia para mi oído. Me excitaba ese tonito sobrador y aporteñado con el que pretendía convencerme para que fuera a verlo. Yo no iba a ir. Mi aporte ya estaba hecho. Había recorrido 2.500 kilómetros, bien podía él, hacer 15 cuadras.
El jueves fue a buscarme al hotel cerca de las 17 hs. Llamó a la habitación, y escuché su voz diciendo:

- Estoy acá.

- Ya bajo – fue lo único que atiné a decir.

Me temblaban las piernas y estaba sumamente nerviosa. Todavía no sé como hice para bajar las escaleras que llevaban a la recepción. Allí estaba él, sonriente, seductor. Era mucho más apuesto de lo que imaginaba. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Me sentía rara, si bien habíamos hablado muchísimo a través de Internet, no dejaba de ser un extraño. Salimos a la calle, y me tomó del codo izquierdo para cruzar hacia la otra vereda. Ese primer contacto, a través de la gruesa tela de mi tapado, lo sentí como si hubiese estado totalmente desnuda. Su mano apretándome firme, hizo erizar mi piel.
Entramos a una confitería cuyo nombre, creo, era Maquiavelo. Nos acomodamos en una mesa ubicada al fondo hacia la izquierda, donde no había gente alrededor. Me animé entonces a mirarlo a los ojos. Eran de un azul intenso, brillante, que le daban a su mirada una profundidad inquietante. Nuevamente fui presa del nerviosismo, y mis mejillas comenzaron a ruborizarse.
No hablamos mucho. Sencillamente nos tomamos de las manos, luego el se acercó sentándose a mi lado, y nos perdimos en un beso. Un beso profundo, en el que pude probar el sabor a tabaco de su boca y la humedad de su lengua buscando la mía; mientras su mano acariciaba uno de mis senos, y la mía subía por el interior de una de sus piernas. El mundo no existía, sólo éramos él y yo.
El encanto se rompió cuando miró la hora y dijo que tenía que irse a una reunión. Eso es lo malo de los hombres de negocio, nunca tienen el tiempo suficiente para amar a una mujer.
El viernes regresé a mi ciudad, con la tranquilidad de haber cumplido mi objetivo. Conocerlo personalmente y descubrir que me había enamorado de un hombre de carne y hueso, imperfecto, poco caballero, pedante, y demasiado ocupado para dejarse llevar por una fantasía de amor.

domingo, enero 29, 2006

Visitando a Enrique

El otro día tuve que visitar nuevamente a Enrique. Me aburre un poco tener que seguir yendo, pero no me queda otra. El muy ladino me tiene enganchada con la pastillita de la alegría. Perdón. ¡Me olvidé de contarles quien es Enrique!
Enrique es mi psiquiatra. Si, no me miren así. Voy al psiquiatra. ¿No se habían dado cuenta aún, que tengo zafados algunos tornillos? Y no es de ahora. Hace rato que empezaron a aflojarse. Mis tornillos. Creo que ya de nacimiento, o por ahí nomás.
¡Es tan difícil vivir en este mundo! Además, yo siempre tuve problemas con lo prohibido. Mi vieja a toda costa me quería convencer – como dice Serrat – que eso no se hace, que eso no se toca. Y a mí, siempre me surgía el mismo interrogante: ¿Por qué? Y la respuesta, también era siempre la misma. Porque no. Bueno, estoy exagerando, a veces intercalada con algún: Porque sí. O porque yo lo digo y punto. En fin, no existía nada razonable para fundamentar lo prohibido. ¿Conclusión? Cada dos por tres me castigaban por rebelde y desobediente. La cuestión que llegué a la adolescencia totalmente rebelada a este mundo irracional.

- Esta chica necesita ir al psicólogo – fueron, en determinado momento, las palabras de mis padres.

Y ahí empecé a pasear de un consultorio a otro. Que test vocacional, que terapia de familia, que son traumas de la infancia, y la p… que los parió. A mi me resultaban tan ridículas esas sesiones. Me divertía inventando historias, y cuando me cansaba pedía recambio de psicólogo. El tema es que, entre esas idas y venidas, apareció Enrique. Y me cayó bien.
Es todo un personaje. Inteligente, hábil. Le gusta jugar al ajedrez. Es desaliñado, algo bohemio, y por supuesto, tiene cara de loco. Hace más de veinte años que, de vez en cuando, recurro a él.
Esta vez, fueron los ataques de pánico. De repente me empecé a sentir para el tujes, y no sabía por qué. Estaba de diez, y de pronto, sácate. Empezaba a sudar, sentía calores, a veces me faltaba el aire. Al principio se me ocurrió pensar que ya estaría menopaúsica.
Me hice los estudios pertinentes, y nada. Físicamente, estaba perfecta. (Es un modo de decir, estoy gorda, tengo algunas arrugas, canas, y todo eso que acompaña a las mujeres después de los cuarenta). Así que, no quedaba otra. Eran tornillos flojos. Seguramente se me habían aflojado algunos más con la edad.

- ¡Enrique! ¡S.O.S.!

Ya me tiene calada. Con lo cual, ni bien me vió y escuchó mis cuitas, pastillita de la alegría (fluoxetina), refuerzo de anti-pánico (clonazepam), y tema solucionado. A mí no me gustan las muletas, pero mucho menos los ataques de pánico y la depresión. ¡Qué cosa fea!
En esta última visita, apareció Enrique, tarde, como es su costumbre. Para mí que se engancha jugando al ajedrez y se pierde en la estrategia, se olvida de sus pacientes, de todo.

- Hola, Camila. Ya estoy con vos.

- Está bien, Enrique. No hay drama.

Mientras tanto me entretengo mirando los cuadros que tiene colgados en la sala de espera. Parece que le gustan los impresionistas. Van Goth, Monet y otros que no me acuerdo como se escriben los apellidos. Finalmente me hace pasar al consultorio. Nos saludamos con un besito. Enseguida veo, que del bolsillo derecho de su saco, asoma un libro. Alcanzo a leer el título “El hombre doliente”. ¡A la pepita! ¡Qué tìtulo! Obviamente, no reprimo mi curiosidad y le pregunto de qué se trata.

- Es un libro de Víctor Frankl. Un psiquiatra judío, que estando en un campo de concentración, desarrolló toda una teoría que se denomina Logoterapia. Es un poco el plantearse la razón de nuestra existencia. Este señor le preguntaba a sus pacientes: Y usted ¿Por qué no se suicida?

- ¡Qué gauchito! Choca un poco, pero es una muy buena pregunta. Lo voy a tratar de conseguir para leerlo. Parece interesante.

- Empezá mejor leyendo “El hombre en busca de sentido” como para meterte en tema. Este que estoy leyendo, tal vez te resulte algo complicado sin un conocimiento previo.

La sesión continuó normalmente. Normalmente, quiere decir, que charlamos de bueyes perdidos, se ríe de mis ocurrencias, me cuenta anécdotas. En fin, a veces tengo la impresión, que le sirvo de terapia. Que conmigo, se distiende. ¡Qué loco!
Salí del consultorio pensando: ¿Por qué no me suicido? Mi primer respuesta fue: por cagaso. A ver si de repente es verdad que hay algo más allá y en vez de ser mejor, resulta peor. No, querido, me quedo con esta vida que está buenísima. Es cierto, a veces se pone jodida, pero ¡Qué linda es!

domingo, enero 01, 2006

La trágica vida del caracol


Hace unos días, como parte de los tradicionales festejos de fin de año, salí a cenar con una vieja amiga. Nos decidimos por “La Guanaca Azul”; uno de los restaurantes, considerados en el medio, como de primera categoría. Obviamente, como sucede en ese tipo lugares, te sirven esos platitos muy vistosos que no te llenan ni una muela, y te cobran como si hubieras comido hasta el hartazgo. De todas maneras disfrutamos de las exquisitas sugerencias del chef. Terrina de quesos con cebollas acarameladas, Lenguado con vegetales del campo y Volcán de chocolate con crema helada de Calafate, acompañado todo, por un frío y delicioso vino blanco. Después de unas cuantas copas de Chablis, la conversación, derivó en un tema sumamente actual: la cría del caracol.
No pregunten por qué surgió tan interesante coloquio. Sencillamente se trata de esas charlas que nacen cuando los efectos del alcohol comienzan a hacerse sentir en nuestras neuronas, empezamos a hablar de cualquier cosa, y todo nos parece fascinante.
Mi amiga comenzó comentándome que, a raíz de un proyecto de chacras en el cual participa, conoció a un Ingeniero Agrónomo que se dedica a criar caracoles.
- ¿Caracoles? - pregunté extrañada - ¿De esos caracoles que hay en los jardines?
- Si, esos - contestó mi amiga - Resulta que a este buen hombre, un día se le ocurrió iniciarse en la cría de estos babosos animalitos. Empezó con un reducido grupo de diecinueve, y hoy ya tiene una hacienda considerable.
- Pero… ¿Para qué los cría?
- Para juntar baba.
- ¿Qué? ¿Vos te referís a esa famosa baba de caracol que ofrecen en la tele?
- Si, cuenta que es bárbara como cicatrizante y restauradora de tejidos.
A esa altura de la conversación, no podía dejar de pensar en esos asquerosos caracolitos e imaginarme untándome la cara, con esa baba inmunda, para borrar los rastros del tiempo. Ni en pedo. Me quedo con las arrugas, la celulitis y cualquier derivado.
Continuó diciéndome mi amiga:
- Los cría en una pileta que tiene instalada en su casa. Parece que al principio tuvo algunos problemas para mantenerlos circunscriptos a un determinado sector, ya que algunos se escapaban.
- ¿Cómo hizo entonces? - pregunté, sin dejar de imaginar, a miles de caracoles babosos caminando por las paredes de toda la casa, metiéndose por todos lados. ¡Qué asco!
- Colocó un alambre electrificado por una pila con un mínimo de voltios alrededor de la pileta.
- ¡Eso es un campo de concentración! ¡Pobres caracoles! Claro, cuando se quieren escapar, reciben tremenda patada. Un perverso, ese ingeniero.
Pero eso no fue todo. Además de tenerlos prisioneros en una pileta vallada por alambres electrificados, ¡Los tortura! Si, así como leen. Los tortura con un cepillo de dientes para que larguen más baba. Parece ser que a estos animalitos no les gusta que le cepillen el lomo, entonces cuando este buen ingeniero les pasa el cepillito, se enojan y comienzan a babearse de rabia.
Quedé tan consternada, por el triste destino de estos animalitos en pos de la ciencia, que me puse averiguar un poco más sobre su sacrificada vida.
El caracol de tierra es un molusco recontra baboso que generalmente encontramos en el jardín. No tiene huesitos y se desplaza arrastrándose. Su vida, dura lo mismo que una flatulencia (pedo) dentro de una bolsa, apenas de cuatro a cinco años. Y durante gran parte de ella, no hacen un pomo. Su actividad se centra exclusivamente en morfar y hacer fiqui fiqui. (Esto no parece tan trágico). Aunque parece que hacen fiqui fiqui sólo dos o cuatro veces por año, que encima les produce stress, y cada vez que lo hacen corren el riesgo de ser boleta. (Esto es muy trágico). En cuanto al morfi, parece que se desesperan por los alcauciles; sin embargo comen todo aquello que sea vegetal. Eso sí, no son ningunos boludos, no morfan nada que contenga agroquímicos ni plantas cuyos tallos sean peludos.
A la cría de estos pobres animalitos se la llama “Helicicultura”. Si, no se le dice Caracolocultura, ni Carocalicultura, ni nada parecido. Les iba a contar por qué “Helicicultura”, pero trabajen un poco, che ¡Averigüen!
Finalmente concluyo que es demasiado alto el precio por vivir sólo para morfar y hacer fiqui fiqui. Prefiero mi triste vida de divorciada sin fiqui fiqui todos los días, ni manteca de sobra para tirar al techo, antes que terminar dentro de una olla o torturada con un cepillo de dientes.