El otro día tuve que visitar nuevamente a Enrique. Me aburre un poco tener que seguir yendo, pero no me queda otra. El muy ladino me tiene enganchada con la pastillita de la alegría. Perdón. ¡Me olvidé de contarles quien es Enrique!
Enrique es mi psiquiatra. Si, no me miren así. Voy al psiquiatra. ¿No se habían dado cuenta aún, que tengo zafados algunos tornillos? Y no es de ahora. Hace rato que empezaron a aflojarse. Mis tornillos. Creo que ya de nacimiento, o por ahí nomás.
¡Es tan difícil vivir en este mundo! Además, yo siempre tuve problemas con lo prohibido. Mi vieja a toda costa me quería convencer – como dice Serrat – que eso no se hace, que eso no se toca. Y a mí, siempre me surgía el mismo interrogante: ¿Por qué? Y la respuesta, también era siempre la misma. Porque no. Bueno, estoy exagerando, a veces intercalada con algún: Porque sí. O porque yo lo digo y punto. En fin, no existía nada razonable para fundamentar lo prohibido. ¿Conclusión? Cada dos por tres me castigaban por rebelde y desobediente. La cuestión que llegué a la adolescencia totalmente rebelada a este mundo irracional.
- Esta chica necesita ir al psicólogo – fueron, en determinado momento, las palabras de mis padres.
Y ahí empecé a pasear de un consultorio a otro. Que test vocacional, que terapia de familia, que son traumas de la infancia, y la p… que los parió. A mi me resultaban tan ridículas esas sesiones. Me divertía inventando historias, y cuando me cansaba pedía recambio de psicólogo. El tema es que, entre esas idas y venidas, apareció Enrique. Y me cayó bien.
Es todo un personaje. Inteligente, hábil. Le gusta jugar al ajedrez. Es desaliñado, algo bohemio, y por supuesto, tiene cara de loco. Hace más de veinte años que, de vez en cuando, recurro a él.
Esta vez, fueron los ataques de pánico. De repente me empecé a sentir para el tujes, y no sabía por qué. Estaba de diez, y de pronto, sácate. Empezaba a sudar, sentía calores, a veces me faltaba el aire. Al principio se me ocurrió pensar que ya estaría menopaúsica.
Me hice los estudios pertinentes, y nada. Físicamente, estaba perfecta. (Es un modo de decir, estoy gorda, tengo algunas arrugas, canas, y todo eso que acompaña a las mujeres después de los cuarenta). Así que, no quedaba otra. Eran tornillos flojos. Seguramente se me habían aflojado algunos más con la edad.
- ¡Enrique! ¡S.O.S.!
Ya me tiene calada. Con lo cual, ni bien me vió y escuchó mis cuitas, pastillita de la alegría (fluoxetina), refuerzo de anti-pánico (clonazepam), y tema solucionado. A mí no me gustan las muletas, pero mucho menos los ataques de pánico y la depresión. ¡Qué cosa fea!
En esta última visita, apareció Enrique, tarde, como es su costumbre. Para mí que se engancha jugando al ajedrez y se pierde en la estrategia, se olvida de sus pacientes, de todo.
- Hola, Camila. Ya estoy con vos.
- Está bien, Enrique. No hay drama.
Mientras tanto me entretengo mirando los cuadros que tiene colgados en la sala de espera. Parece que le gustan los impresionistas. Van Goth, Monet y otros que no me acuerdo como se escriben los apellidos. Finalmente me hace pasar al consultorio. Nos saludamos con un besito. Enseguida veo, que del bolsillo derecho de su saco, asoma un libro. Alcanzo a leer el título “El hombre doliente”. ¡A la pepita! ¡Qué tìtulo! Obviamente, no reprimo mi curiosidad y le pregunto de qué se trata.
- Es un libro de Víctor Frankl. Un psiquiatra judío, que estando en un campo de concentración, desarrolló toda una teoría que se denomina Logoterapia. Es un poco el plantearse la razón de nuestra existencia. Este señor le preguntaba a sus pacientes: Y usted ¿Por qué no se suicida?
- ¡Qué gauchito! Choca un poco, pero es una muy buena pregunta. Lo voy a tratar de conseguir para leerlo. Parece interesante.
- Empezá mejor leyendo “El hombre en busca de sentido” como para meterte en tema. Este que estoy leyendo, tal vez te resulte algo complicado sin un conocimiento previo.
La sesión continuó normalmente. Normalmente, quiere decir, que charlamos de bueyes perdidos, se ríe de mis ocurrencias, me cuenta anécdotas. En fin, a veces tengo la impresión, que le sirvo de terapia. Que conmigo, se distiende. ¡Qué loco!
Salí del consultorio pensando: ¿Por qué no me suicido? Mi primer respuesta fue: por cagaso. A ver si de repente es verdad que hay algo más allá y en vez de ser mejor, resulta peor. No, querido, me quedo con esta vida que está buenísima. Es cierto, a veces se pone jodida, pero ¡Qué linda es!
Enrique es mi psiquiatra. Si, no me miren así. Voy al psiquiatra. ¿No se habían dado cuenta aún, que tengo zafados algunos tornillos? Y no es de ahora. Hace rato que empezaron a aflojarse. Mis tornillos. Creo que ya de nacimiento, o por ahí nomás.
¡Es tan difícil vivir en este mundo! Además, yo siempre tuve problemas con lo prohibido. Mi vieja a toda costa me quería convencer – como dice Serrat – que eso no se hace, que eso no se toca. Y a mí, siempre me surgía el mismo interrogante: ¿Por qué? Y la respuesta, también era siempre la misma. Porque no. Bueno, estoy exagerando, a veces intercalada con algún: Porque sí. O porque yo lo digo y punto. En fin, no existía nada razonable para fundamentar lo prohibido. ¿Conclusión? Cada dos por tres me castigaban por rebelde y desobediente. La cuestión que llegué a la adolescencia totalmente rebelada a este mundo irracional.
- Esta chica necesita ir al psicólogo – fueron, en determinado momento, las palabras de mis padres.
Y ahí empecé a pasear de un consultorio a otro. Que test vocacional, que terapia de familia, que son traumas de la infancia, y la p… que los parió. A mi me resultaban tan ridículas esas sesiones. Me divertía inventando historias, y cuando me cansaba pedía recambio de psicólogo. El tema es que, entre esas idas y venidas, apareció Enrique. Y me cayó bien.
Es todo un personaje. Inteligente, hábil. Le gusta jugar al ajedrez. Es desaliñado, algo bohemio, y por supuesto, tiene cara de loco. Hace más de veinte años que, de vez en cuando, recurro a él.
Esta vez, fueron los ataques de pánico. De repente me empecé a sentir para el tujes, y no sabía por qué. Estaba de diez, y de pronto, sácate. Empezaba a sudar, sentía calores, a veces me faltaba el aire. Al principio se me ocurrió pensar que ya estaría menopaúsica.
Me hice los estudios pertinentes, y nada. Físicamente, estaba perfecta. (Es un modo de decir, estoy gorda, tengo algunas arrugas, canas, y todo eso que acompaña a las mujeres después de los cuarenta). Así que, no quedaba otra. Eran tornillos flojos. Seguramente se me habían aflojado algunos más con la edad.
- ¡Enrique! ¡S.O.S.!
Ya me tiene calada. Con lo cual, ni bien me vió y escuchó mis cuitas, pastillita de la alegría (fluoxetina), refuerzo de anti-pánico (clonazepam), y tema solucionado. A mí no me gustan las muletas, pero mucho menos los ataques de pánico y la depresión. ¡Qué cosa fea!
En esta última visita, apareció Enrique, tarde, como es su costumbre. Para mí que se engancha jugando al ajedrez y se pierde en la estrategia, se olvida de sus pacientes, de todo.
- Hola, Camila. Ya estoy con vos.
- Está bien, Enrique. No hay drama.
Mientras tanto me entretengo mirando los cuadros que tiene colgados en la sala de espera. Parece que le gustan los impresionistas. Van Goth, Monet y otros que no me acuerdo como se escriben los apellidos. Finalmente me hace pasar al consultorio. Nos saludamos con un besito. Enseguida veo, que del bolsillo derecho de su saco, asoma un libro. Alcanzo a leer el título “El hombre doliente”. ¡A la pepita! ¡Qué tìtulo! Obviamente, no reprimo mi curiosidad y le pregunto de qué se trata.
- Es un libro de Víctor Frankl. Un psiquiatra judío, que estando en un campo de concentración, desarrolló toda una teoría que se denomina Logoterapia. Es un poco el plantearse la razón de nuestra existencia. Este señor le preguntaba a sus pacientes: Y usted ¿Por qué no se suicida?
- ¡Qué gauchito! Choca un poco, pero es una muy buena pregunta. Lo voy a tratar de conseguir para leerlo. Parece interesante.
- Empezá mejor leyendo “El hombre en busca de sentido” como para meterte en tema. Este que estoy leyendo, tal vez te resulte algo complicado sin un conocimiento previo.
La sesión continuó normalmente. Normalmente, quiere decir, que charlamos de bueyes perdidos, se ríe de mis ocurrencias, me cuenta anécdotas. En fin, a veces tengo la impresión, que le sirvo de terapia. Que conmigo, se distiende. ¡Qué loco!
Salí del consultorio pensando: ¿Por qué no me suicido? Mi primer respuesta fue: por cagaso. A ver si de repente es verdad que hay algo más allá y en vez de ser mejor, resulta peor. No, querido, me quedo con esta vida que está buenísima. Es cierto, a veces se pone jodida, pero ¡Qué linda es!
