domingo, enero 29, 2006

Visitando a Enrique

El otro día tuve que visitar nuevamente a Enrique. Me aburre un poco tener que seguir yendo, pero no me queda otra. El muy ladino me tiene enganchada con la pastillita de la alegría. Perdón. ¡Me olvidé de contarles quien es Enrique!
Enrique es mi psiquiatra. Si, no me miren así. Voy al psiquiatra. ¿No se habían dado cuenta aún, que tengo zafados algunos tornillos? Y no es de ahora. Hace rato que empezaron a aflojarse. Mis tornillos. Creo que ya de nacimiento, o por ahí nomás.
¡Es tan difícil vivir en este mundo! Además, yo siempre tuve problemas con lo prohibido. Mi vieja a toda costa me quería convencer – como dice Serrat – que eso no se hace, que eso no se toca. Y a mí, siempre me surgía el mismo interrogante: ¿Por qué? Y la respuesta, también era siempre la misma. Porque no. Bueno, estoy exagerando, a veces intercalada con algún: Porque sí. O porque yo lo digo y punto. En fin, no existía nada razonable para fundamentar lo prohibido. ¿Conclusión? Cada dos por tres me castigaban por rebelde y desobediente. La cuestión que llegué a la adolescencia totalmente rebelada a este mundo irracional.

- Esta chica necesita ir al psicólogo – fueron, en determinado momento, las palabras de mis padres.

Y ahí empecé a pasear de un consultorio a otro. Que test vocacional, que terapia de familia, que son traumas de la infancia, y la p… que los parió. A mi me resultaban tan ridículas esas sesiones. Me divertía inventando historias, y cuando me cansaba pedía recambio de psicólogo. El tema es que, entre esas idas y venidas, apareció Enrique. Y me cayó bien.
Es todo un personaje. Inteligente, hábil. Le gusta jugar al ajedrez. Es desaliñado, algo bohemio, y por supuesto, tiene cara de loco. Hace más de veinte años que, de vez en cuando, recurro a él.
Esta vez, fueron los ataques de pánico. De repente me empecé a sentir para el tujes, y no sabía por qué. Estaba de diez, y de pronto, sácate. Empezaba a sudar, sentía calores, a veces me faltaba el aire. Al principio se me ocurrió pensar que ya estaría menopaúsica.
Me hice los estudios pertinentes, y nada. Físicamente, estaba perfecta. (Es un modo de decir, estoy gorda, tengo algunas arrugas, canas, y todo eso que acompaña a las mujeres después de los cuarenta). Así que, no quedaba otra. Eran tornillos flojos. Seguramente se me habían aflojado algunos más con la edad.

- ¡Enrique! ¡S.O.S.!

Ya me tiene calada. Con lo cual, ni bien me vió y escuchó mis cuitas, pastillita de la alegría (fluoxetina), refuerzo de anti-pánico (clonazepam), y tema solucionado. A mí no me gustan las muletas, pero mucho menos los ataques de pánico y la depresión. ¡Qué cosa fea!
En esta última visita, apareció Enrique, tarde, como es su costumbre. Para mí que se engancha jugando al ajedrez y se pierde en la estrategia, se olvida de sus pacientes, de todo.

- Hola, Camila. Ya estoy con vos.

- Está bien, Enrique. No hay drama.

Mientras tanto me entretengo mirando los cuadros que tiene colgados en la sala de espera. Parece que le gustan los impresionistas. Van Goth, Monet y otros que no me acuerdo como se escriben los apellidos. Finalmente me hace pasar al consultorio. Nos saludamos con un besito. Enseguida veo, que del bolsillo derecho de su saco, asoma un libro. Alcanzo a leer el título “El hombre doliente”. ¡A la pepita! ¡Qué tìtulo! Obviamente, no reprimo mi curiosidad y le pregunto de qué se trata.

- Es un libro de Víctor Frankl. Un psiquiatra judío, que estando en un campo de concentración, desarrolló toda una teoría que se denomina Logoterapia. Es un poco el plantearse la razón de nuestra existencia. Este señor le preguntaba a sus pacientes: Y usted ¿Por qué no se suicida?

- ¡Qué gauchito! Choca un poco, pero es una muy buena pregunta. Lo voy a tratar de conseguir para leerlo. Parece interesante.

- Empezá mejor leyendo “El hombre en busca de sentido” como para meterte en tema. Este que estoy leyendo, tal vez te resulte algo complicado sin un conocimiento previo.

La sesión continuó normalmente. Normalmente, quiere decir, que charlamos de bueyes perdidos, se ríe de mis ocurrencias, me cuenta anécdotas. En fin, a veces tengo la impresión, que le sirvo de terapia. Que conmigo, se distiende. ¡Qué loco!
Salí del consultorio pensando: ¿Por qué no me suicido? Mi primer respuesta fue: por cagaso. A ver si de repente es verdad que hay algo más allá y en vez de ser mejor, resulta peor. No, querido, me quedo con esta vida que está buenísima. Es cierto, a veces se pone jodida, pero ¡Qué linda es!

domingo, enero 01, 2006

La trágica vida del caracol


Hace unos días, como parte de los tradicionales festejos de fin de año, salí a cenar con una vieja amiga. Nos decidimos por “La Guanaca Azul”; uno de los restaurantes, considerados en el medio, como de primera categoría. Obviamente, como sucede en ese tipo lugares, te sirven esos platitos muy vistosos que no te llenan ni una muela, y te cobran como si hubieras comido hasta el hartazgo. De todas maneras disfrutamos de las exquisitas sugerencias del chef. Terrina de quesos con cebollas acarameladas, Lenguado con vegetales del campo y Volcán de chocolate con crema helada de Calafate, acompañado todo, por un frío y delicioso vino blanco. Después de unas cuantas copas de Chablis, la conversación, derivó en un tema sumamente actual: la cría del caracol.
No pregunten por qué surgió tan interesante coloquio. Sencillamente se trata de esas charlas que nacen cuando los efectos del alcohol comienzan a hacerse sentir en nuestras neuronas, empezamos a hablar de cualquier cosa, y todo nos parece fascinante.
Mi amiga comenzó comentándome que, a raíz de un proyecto de chacras en el cual participa, conoció a un Ingeniero Agrónomo que se dedica a criar caracoles.
- ¿Caracoles? - pregunté extrañada - ¿De esos caracoles que hay en los jardines?
- Si, esos - contestó mi amiga - Resulta que a este buen hombre, un día se le ocurrió iniciarse en la cría de estos babosos animalitos. Empezó con un reducido grupo de diecinueve, y hoy ya tiene una hacienda considerable.
- Pero… ¿Para qué los cría?
- Para juntar baba.
- ¿Qué? ¿Vos te referís a esa famosa baba de caracol que ofrecen en la tele?
- Si, cuenta que es bárbara como cicatrizante y restauradora de tejidos.
A esa altura de la conversación, no podía dejar de pensar en esos asquerosos caracolitos e imaginarme untándome la cara, con esa baba inmunda, para borrar los rastros del tiempo. Ni en pedo. Me quedo con las arrugas, la celulitis y cualquier derivado.
Continuó diciéndome mi amiga:
- Los cría en una pileta que tiene instalada en su casa. Parece que al principio tuvo algunos problemas para mantenerlos circunscriptos a un determinado sector, ya que algunos se escapaban.
- ¿Cómo hizo entonces? - pregunté, sin dejar de imaginar, a miles de caracoles babosos caminando por las paredes de toda la casa, metiéndose por todos lados. ¡Qué asco!
- Colocó un alambre electrificado por una pila con un mínimo de voltios alrededor de la pileta.
- ¡Eso es un campo de concentración! ¡Pobres caracoles! Claro, cuando se quieren escapar, reciben tremenda patada. Un perverso, ese ingeniero.
Pero eso no fue todo. Además de tenerlos prisioneros en una pileta vallada por alambres electrificados, ¡Los tortura! Si, así como leen. Los tortura con un cepillo de dientes para que larguen más baba. Parece ser que a estos animalitos no les gusta que le cepillen el lomo, entonces cuando este buen ingeniero les pasa el cepillito, se enojan y comienzan a babearse de rabia.
Quedé tan consternada, por el triste destino de estos animalitos en pos de la ciencia, que me puse averiguar un poco más sobre su sacrificada vida.
El caracol de tierra es un molusco recontra baboso que generalmente encontramos en el jardín. No tiene huesitos y se desplaza arrastrándose. Su vida, dura lo mismo que una flatulencia (pedo) dentro de una bolsa, apenas de cuatro a cinco años. Y durante gran parte de ella, no hacen un pomo. Su actividad se centra exclusivamente en morfar y hacer fiqui fiqui. (Esto no parece tan trágico). Aunque parece que hacen fiqui fiqui sólo dos o cuatro veces por año, que encima les produce stress, y cada vez que lo hacen corren el riesgo de ser boleta. (Esto es muy trágico). En cuanto al morfi, parece que se desesperan por los alcauciles; sin embargo comen todo aquello que sea vegetal. Eso sí, no son ningunos boludos, no morfan nada que contenga agroquímicos ni plantas cuyos tallos sean peludos.
A la cría de estos pobres animalitos se la llama “Helicicultura”. Si, no se le dice Caracolocultura, ni Carocalicultura, ni nada parecido. Les iba a contar por qué “Helicicultura”, pero trabajen un poco, che ¡Averigüen!
Finalmente concluyo que es demasiado alto el precio por vivir sólo para morfar y hacer fiqui fiqui. Prefiero mi triste vida de divorciada sin fiqui fiqui todos los días, ni manteca de sobra para tirar al techo, antes que terminar dentro de una olla o torturada con un cepillo de dientes.