Con este tema del día de los enamorados, apenas pude ayer, navegar por la red. Un vicio, que ya hace tiempo, agregué a mi lista de adicciones; y que al no lograr saciar plenamente, hizo que me enfrentara al terrible síndrome de la abstinencia.
Al principio, fue difícil; sin embargo, logré canalizar mi ansiedad, recordando algunas de mis experiencias internetianas.
Haciendo honor al día de San Valentín, vil invento comercial para meternos las manos en nuestros bolsillos, recordé mi primer amor virtual – iba a poner también “único”, pero eso hubiera sido una gran hipocresía, ya que me enamoré virtualmente muchas veces-.
Mi primer amor internetiano fue un hombre casado, de aproximadamente 40 años o más, que me sedujo apenas leí un mail, en el cual me invitaba a contactarnos.
Él utilizó una palabra que no era común para mí. Decía en ese mail: “… te ves monísima”, refiriéndose a la foto que estaba colocada en mi perfil público. Podría haber dicho “estas encantadora” o llamarme “bombón”, o cualquiera de esos calificativos que utilizan normalmente los hombres como piropo. Pero no, él usó “monísima” y me conquistó con esa palabra algo pasada de moda.
Obviamente me puse en contacto con él, previo intercambio de fotos. Comenzamos a conocernos a través de un simple chat a ciegas, o sea, sin cámara de por medio.
De acuerdo a la foto que me envió, parecía tratarse de un hombre de campo. Se lo veía bastante apuesto, de bombacha, boina y alpargatas, cebando mate a la sombra de un árbol. Pensé: definitivamente, es mi tipo. Tengo cierta predilección por lo campestre, lo simple, lo natural.
No transcurrió mucho tiempo para enterarme que, en realidad, era un hombre de negocios, que tenía una empresa en pleno microcentro. O sea, no era mi tipo. No me resultan para nada atractivos esa clase de hombres. De todas maneras, haciendo a un lado cualquier prejuicio, continué en contacto con él, y aquello fue mi perdición.
Digo mi perdición, porque cuando me enamoro pierdo la razón. Y eso sucedió.
Al cabo de un tiempo, tenía yo un solo objetivo, conocerlo personalmente. Claro, era algo complicado existiendo entre nosotros, más de dos mil kilómetros; y en mi caso personal, una situación económica algo precaria. Pero, como dije, cuando me enamoro no existen razones. Y sentía que lo amaba con locura, que no podía dejar que quedara en una fantasía, en una ilusión, en un sueño.
En pleno invierno, saqué un pasaje en ómnibus a Buenos Aires, y viajé treinta y seis horas, sólo para conocerlo personalmente.
Llegué un día domingo. Retiro me recibió con un fiambre tirado en plena calle, tapado con diarios y unos cuantos policías. Tomé un taxi, que me dejó en la puerta del hotel en el cual había hecho una reserva por 6 días y 5 noches, ubicado en la zona de Congreso. Debía esperar hasta el día siguiente para ponerme en contacto con él.
Lunes, martes y miércoles, solamente hablamos por teléfono. Aún recuerdo su voz. Era áspera, nada dulce; era, sin embargo, la mejor caricia para mi oído. Me excitaba ese tonito sobrador y aporteñado con el que pretendía convencerme para que fuera a verlo. Yo no iba a ir. Mi aporte ya estaba hecho. Había recorrido 2.500 kilómetros, bien podía él, hacer 15 cuadras.
El jueves fue a buscarme al hotel cerca de las 17 hs. Llamó a la habitación, y escuché su voz diciendo:
- Estoy acá.
- Ya bajo – fue lo único que atiné a decir.
Me temblaban las piernas y estaba sumamente nerviosa. Todavía no sé como hice para bajar las escaleras que llevaban a la recepción. Allí estaba él, sonriente, seductor. Era mucho más apuesto de lo que imaginaba. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Me sentía rara, si bien habíamos hablado muchísimo a través de Internet, no dejaba de ser un extraño. Salimos a la calle, y me tomó del codo izquierdo para cruzar hacia la otra vereda. Ese primer contacto, a través de la gruesa tela de mi tapado, lo sentí como si hubiese estado totalmente desnuda. Su mano apretándome firme, hizo erizar mi piel.
Entramos a una confitería cuyo nombre, creo, era Maquiavelo. Nos acomodamos en una mesa ubicada al fondo hacia la izquierda, donde no había gente alrededor. Me animé entonces a mirarlo a los ojos. Eran de un azul intenso, brillante, que le daban a su mirada una profundidad inquietante. Nuevamente fui presa del nerviosismo, y mis mejillas comenzaron a ruborizarse.
No hablamos mucho. Sencillamente nos tomamos de las manos, luego el se acercó sentándose a mi lado, y nos perdimos en un beso. Un beso profundo, en el que pude probar el sabor a tabaco de su boca y la humedad de su lengua buscando la mía; mientras su mano acariciaba uno de mis senos, y la mía subía por el interior de una de sus piernas. El mundo no existía, sólo éramos él y yo.
El encanto se rompió cuando miró la hora y dijo que tenía que irse a una reunión. Eso es lo malo de los hombres de negocio, nunca tienen el tiempo suficiente para amar a una mujer.
El viernes regresé a mi ciudad, con la tranquilidad de haber cumplido mi objetivo. Conocerlo personalmente y descubrir que me había enamorado de un hombre de carne y hueso, imperfecto, poco caballero, pedante, y demasiado ocupado para dejarse llevar por una fantasía de amor.
Al principio, fue difícil; sin embargo, logré canalizar mi ansiedad, recordando algunas de mis experiencias internetianas.
Haciendo honor al día de San Valentín, vil invento comercial para meternos las manos en nuestros bolsillos, recordé mi primer amor virtual – iba a poner también “único”, pero eso hubiera sido una gran hipocresía, ya que me enamoré virtualmente muchas veces-.
Mi primer amor internetiano fue un hombre casado, de aproximadamente 40 años o más, que me sedujo apenas leí un mail, en el cual me invitaba a contactarnos.
Él utilizó una palabra que no era común para mí. Decía en ese mail: “… te ves monísima”, refiriéndose a la foto que estaba colocada en mi perfil público. Podría haber dicho “estas encantadora” o llamarme “bombón”, o cualquiera de esos calificativos que utilizan normalmente los hombres como piropo. Pero no, él usó “monísima” y me conquistó con esa palabra algo pasada de moda.
Obviamente me puse en contacto con él, previo intercambio de fotos. Comenzamos a conocernos a través de un simple chat a ciegas, o sea, sin cámara de por medio.
De acuerdo a la foto que me envió, parecía tratarse de un hombre de campo. Se lo veía bastante apuesto, de bombacha, boina y alpargatas, cebando mate a la sombra de un árbol. Pensé: definitivamente, es mi tipo. Tengo cierta predilección por lo campestre, lo simple, lo natural.
No transcurrió mucho tiempo para enterarme que, en realidad, era un hombre de negocios, que tenía una empresa en pleno microcentro. O sea, no era mi tipo. No me resultan para nada atractivos esa clase de hombres. De todas maneras, haciendo a un lado cualquier prejuicio, continué en contacto con él, y aquello fue mi perdición.
Digo mi perdición, porque cuando me enamoro pierdo la razón. Y eso sucedió.
Al cabo de un tiempo, tenía yo un solo objetivo, conocerlo personalmente. Claro, era algo complicado existiendo entre nosotros, más de dos mil kilómetros; y en mi caso personal, una situación económica algo precaria. Pero, como dije, cuando me enamoro no existen razones. Y sentía que lo amaba con locura, que no podía dejar que quedara en una fantasía, en una ilusión, en un sueño.
En pleno invierno, saqué un pasaje en ómnibus a Buenos Aires, y viajé treinta y seis horas, sólo para conocerlo personalmente.
Llegué un día domingo. Retiro me recibió con un fiambre tirado en plena calle, tapado con diarios y unos cuantos policías. Tomé un taxi, que me dejó en la puerta del hotel en el cual había hecho una reserva por 6 días y 5 noches, ubicado en la zona de Congreso. Debía esperar hasta el día siguiente para ponerme en contacto con él.
Lunes, martes y miércoles, solamente hablamos por teléfono. Aún recuerdo su voz. Era áspera, nada dulce; era, sin embargo, la mejor caricia para mi oído. Me excitaba ese tonito sobrador y aporteñado con el que pretendía convencerme para que fuera a verlo. Yo no iba a ir. Mi aporte ya estaba hecho. Había recorrido 2.500 kilómetros, bien podía él, hacer 15 cuadras.
El jueves fue a buscarme al hotel cerca de las 17 hs. Llamó a la habitación, y escuché su voz diciendo:
- Estoy acá.
- Ya bajo – fue lo único que atiné a decir.
Me temblaban las piernas y estaba sumamente nerviosa. Todavía no sé como hice para bajar las escaleras que llevaban a la recepción. Allí estaba él, sonriente, seductor. Era mucho más apuesto de lo que imaginaba. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Me sentía rara, si bien habíamos hablado muchísimo a través de Internet, no dejaba de ser un extraño. Salimos a la calle, y me tomó del codo izquierdo para cruzar hacia la otra vereda. Ese primer contacto, a través de la gruesa tela de mi tapado, lo sentí como si hubiese estado totalmente desnuda. Su mano apretándome firme, hizo erizar mi piel.
Entramos a una confitería cuyo nombre, creo, era Maquiavelo. Nos acomodamos en una mesa ubicada al fondo hacia la izquierda, donde no había gente alrededor. Me animé entonces a mirarlo a los ojos. Eran de un azul intenso, brillante, que le daban a su mirada una profundidad inquietante. Nuevamente fui presa del nerviosismo, y mis mejillas comenzaron a ruborizarse.
No hablamos mucho. Sencillamente nos tomamos de las manos, luego el se acercó sentándose a mi lado, y nos perdimos en un beso. Un beso profundo, en el que pude probar el sabor a tabaco de su boca y la humedad de su lengua buscando la mía; mientras su mano acariciaba uno de mis senos, y la mía subía por el interior de una de sus piernas. El mundo no existía, sólo éramos él y yo.
El encanto se rompió cuando miró la hora y dijo que tenía que irse a una reunión. Eso es lo malo de los hombres de negocio, nunca tienen el tiempo suficiente para amar a una mujer.
El viernes regresé a mi ciudad, con la tranquilidad de haber cumplido mi objetivo. Conocerlo personalmente y descubrir que me había enamorado de un hombre de carne y hueso, imperfecto, poco caballero, pedante, y demasiado ocupado para dejarse llevar por una fantasía de amor.
