¡Puta! Es la milésima vez que me sucede lo mismo. Tengo ganas de escribir y, cuando llego acá, no sé como empezar. Y todo lo que se me ocurre me parece una gran pelotudez. ¿Cuál es el tema? ¿Miedo? ¿Auto represión? ¿Falta de imaginación? No tengo ni la más puta idea. Estoy perdida. A ver, voy a intentar ser franca conmigo misma. ¿Por qué no escribo? Porque soy una cagona. No me dá el cuero para expresarme abiertamente. La opinión de los demás es una espada de… ¿Cómo era? ¿Damocles? Bueno, no sé. Eso que no te deja ser. ¡Otra gran pelotudez! ¿Cuál es el problema? ¿Acaso no puedo escribir lo que se me dé la reverenda gana? ¿A quién carajo le importa? ¿Necesito de la aprobación del resto? Me parece que sí. ¡Qué cagada! Así jamás voy a lograr escribir. ¡Qué mierda!
¿Sobre qué quería escribir? Ah, sí. Sobre aquella vez que decidí, junto con mi ex, tener una experiencia de tres. En la cama. Sí, en la cama.
Apenas habían pasado tres meses del nacimiento de mi retoño hembra.
Resulta que, vaya uno a saber por qué razón, la parición, me produjo una fuerte depresión. Estuve, fácil, dos meses, sumergida en una sensación de angustia permanente. No me interesaba nada. Sólo quería dormir. No pensar. A mi hija no le daba ni cinco de bola. Era un monstruo. No sentía, en absoluto, ese tan mentado amor maternal. Pero, a la vez, me sentía una mierda. Una propia cagada.
Miro, en este momento, a mi retoño hembra y, es tan hermosa. Una yegua de 14 años que me saca canas multicolores, pero que amo como a mi propia vida. Es tan independiente. Simple. Segura de sí misma. Es una mujercita sensacional. Y vive su vida. Mal o bien, pero su vida. Ella sabe, casi, defenderse sola. Y sufre, obvio, como todos. Pero también sabe que, indefectiblemente, yo estoy ahí. A la sombra. Atenta a surgir, cuando apenas chasquee los dedos, como señal que es tiempo que intervenga. El vínculo que hemos creado, es sumamente extraño. Ella me admira, y yo la admiro. Ambas nos nutrimos mutuamente. Es como si creciéramos juntas. Nos entendemos. Discutimos. Me enfrenta. Me dan ganas de partirle la cabeza y, de pronto, sólo quiero abrazarla. Y la abrazo. Y nos abrazamos. Y sabemos que nos queremos. Y que quererse significa respeto por nuestras libertades. Y ahora, ya se fue. Con el novio. Y yo, sigo aquí, haciendo lo que me gusta, escribir.
