jueves, diciembre 29, 2005

La pregunta del millón: ¿Qué hay después de la muerte?


No sé cuando comencé a tener conciencia de mi muerte. Lo cierto es, que en determinado momento, supe que indefectiblemente moriría.
Debo confesar que tener esa certeza, no me causó, ni me causa, ninguna gracia. Probablemente porque soy una enamorada de la vida, y me revienta saber que un día voy a alimentar gusanitos juguetones, que se meterán por mis agujeros, ¡y yo no voy a poder sentirlos! ¡Eso es terrible!
Sin embargo, puedo aceptarlo. ¡Qué se le va a hacer! Seguiré disfrutando de mis agujeritos hasta el último día de mi vida. Aunque a veces me cuesta conseguir gusanitos juguetones que entiendan como es el juego. Principalmente que sepan que no se trata solamente de meterse, entrar y salir un rato, y listo. En fin… a veces pintan buenos gusanos.
Volviendo al tema de la muerte, lo que nunca entendí es para qué carancho nacemos si después vamos a morirnos. Es cosa de locos. O sea, nacemos para morirnos. ¿Así de simple y boludo? No, me están jodiendo. Seguramente hay algo después de muerte.
Y me puse a pensar en distintos escenarios.
Me muero, mi espíritu se elevará por los aires y voy a poder ver todo de arriba eternamente. ¡Qué aburrido!
Me muero, a la semana me levantaré de la tumba con olor a podrido, y joderé a todos los que me jodieron durante mi condenada vida. ¿Y después? ¿Qué hago? No, no sirve tampoco.
Finalmente, después de ensayar varias posibilidades más, llegué a la conclusión que si no fuera porque voy a morirme no sabría disfrutar de la vida.
Entender que el asunto es sencillamente nacer para morir, hace que cada segundo de mi existencia sea una aventura. Porque sé que de repente un día, kaput; pero… ¡No sé cuando! Entonces, ante la posibilidad que puede ser dentro de un rato, ¡A vivir a full carajo! No voy a perder el tiempo en analizar boludeces.

jueves, diciembre 08, 2005

Cuento Navideño


Leí un texto por ahí que expresaba cierto malestar ante esta particular época del año. Al principio, debo confesar, me chocó un poco. Resulta algo fuerte para quienes, de vez en cuando, nos gusta creer en Papa Noel, en el maravilloso espíritu navideño, etcétera, etcétera.
¿Acaso no es atractivo todo ese despliegue de colores, luces, brillitos, que comienza a verse en las vidrieras? El ding ding dong, los arbolitos, las estrellitas, las garrapiñadas, los brindis.
Claro, quien empieza a complicarse es el bolsillo. Todo muy lindo, pero a la hora de desembolsar para los festejos, se produce ese tenue - o no tan tenue - malestar estomacal; y es en ese preciso momento que aparece, en algunas mentes inquietas, la pregunta: ¿Quién habrá inventado esto de las fiestas? Algunos afirman que fue un romano. La verdad, yo no sé quien pudo haber sido, pero debo reconocer que, el invento, me rompe bastante los esquemas.
Toda esa manipulación comercial, que surge con motivo de las tradicionales fiestitas de fin de año, me da un poco de asquito. Obviamente consumo pan dulce y tomo sidra como cualquier cristiano, pero absolutamente conciente que todo forma parte de una gran payasada. Ya sé, no les gustó lo de “payasada”, herí su sentir religioso. Perdón, no es mi intención ofender a nadie. Pero tampoco quiero ser hipócrita. Desde mi punto de vista, pocos son los que realmente le dan un sentido espiritual a la navidad, la mayoría nos juntamos a comer y a chupar. Es como que necesitamos una excusa, aunque sea una vez al año, para agarrarnos tremenda borrachera, hacer bulla tirando un par de cohetes, y abrazar a uno que otro pariente. Es así, seamos honestos.
Otra cosa muy distinta eran las navidades de la infancia. Recuerdo que creía ciegamente que Santa Claus pasaba por casa a medianoche, armaba el arbolito y dejaba algunos regalos. Que generalmente no era lo que yo pedía; pero bueno, era un pobre viejo que seguramente ya empezaba a sufrir demencia senil. Lo que era bastante creíble, ya que hay que estar bastante pirado para montarse en un trineo volador y entrar por las chimeneas existiendo puertas y ventanas.
Grande fue mi desilusión cuando comprobé que todo era un cuento navideño. Que ese tal Papa Noel, o como diablos lo llamen, era un engaño pichango.
Y bue, después nos preguntamos como es que los chicos aprenden a mentir. Algunos pueden opinar que es una fantasía hermosa de la cual no hay que privar a los niños. Yo fui una madre desalmada, no les conté ese cuento a mis hijos. Preferí mostrarles una magnífica luna llena, un colorido arco iris o un rojo atardecer otoñal y que ellos crearan sus propias fantasías.
Siendo ya una adolescente, la navidad pasó a ser un castigo. No existía mayor suplicio que aguantar a la parentela, sacándose los trapitos al sol después de haber bebido unas cuantas copas de bebida espirituosa. Para terminar luego, todos peleados esperando la próxima nochebuena para reconciliarse y, lógicamente, volverse a pelear en navidad.
Hoy, con cuarenta pirulos, llego a la conclusión que todo este asunto de las fiestas, no es más que un cuento; que inventó algún iluminado para llenarse los bolsillos y además, divertirse un rato con las boludeces que hacemos cada año para tapar todas nuestras miserias.

martes, noviembre 29, 2005

Celestino Lastrancas


AQUELLA EXPERIENCIA DE CELESTINO LASTRANCAS

Celestino Lastrancas salió camino a su solitaria morada del bar Bello Horizonte - en realidad más conocido como el bar de Teté, un homosexual retirado hace ya algunos años -. Se sentía magníficamente bien. Alzó su vista al firmamento, y quedó extasiado ante la belleza desplegada por la luna esa noche. Tanta hermosura, provocó que no pudiera resistirse al impulso de sentarse en el cordón de la vereda y admirarla. Allí se quedó un buen rato, inmóvil y silencioso. Sintió de pronto que era inundado por una paz infinita. Una fantástica sensación de ser mecido por brazos invisibles hizo que cerrara los ojos y se abandonara a un sueño profundo.
Media hora más tarde, fue sorprendido por una lluvia dorada que bañó su frágil cuerpo. No estaba fría, al contrario, era tibia y poseedora de un aroma embriagador. Abrió sus ojos lentamente, y no podía creer lo que veía. Frente a él había un ángel azul y le sonreía.
- ¡Qué lindo sos! - le dijo Celestino al ángel.
El ángel lo levantó dulcemente, lo abrazó y lo llevó hasta su carruaje celestial.

LA VERDADERA EXPERIENCIA DE CELESTINO LASTRANCAS

Celestino Lastrancas salió camino a su rancho inmundo del bar Bello Horizonte - en realidad más conocido como el bar de Teté, un puto viejo que no servía ni para hacer un pete -. Tenía un pedo morboso. Miró hacia arriba, y se quedó duro observando la farola del alumbrado público. La intensidad de la luz lo dejó ciego, y se cayó de culo sobre el cordón de la vereda. De la tranca que tenía, no se podía ni mover. Todo le daba vueltas, cerró los ojos y empezó a dormir la mona. Media hora más tarde, un par de perros machos le echaron flor de meada, calentita y hedionda. Tardó un rato en abrir los ojos, para encontrarse con un cana recagado de risa.
- ¡Qué lindo sos! - le dijo Celestino al cana.
El cana lo levantó de un tirón, lo arrastró y lo metió de un patadón dentro de la patrulla.

domingo, noviembre 27, 2005

La hecatombe de piojos en la calvicie


La vida de estos insectos malófagos, conocidos en la nobleza como “Pediculus humanus” y vulgarmente como piojos de mierda, siempre ha sido muy sacrificada.
Desde principios de siglo fueron perseguidos, aniquilados y despreciados por el simple hecho de disfrutar caminar por cabezas humanas, y de vez en cuando, tomarse un buen trago de sangre fresca. Claro, esta inocente acción produce cierto escozor que atenta contra los nervios de cualquier persona. Cuando entra a picar y a picar, te la regalo hermano.
Pero el tema que nos ocupa hoy, no es el análisis de la conducta del piojo ni su persecución en esta tierra, sino la hecatombe desatada cuando Pirulo Pandorga comenzó a quedarse pelado.
Pirulo Pandorga era un extraño de pelo largo. Extraño, porque de la mugre que tenía nadie era capaz de reconocerlo; y pelo largo, creo, no necesita explicación.
La vida que llevaba la comunidad piojileña en Pelambre Pandorga City era orgiástica. Las piojas se dedicaban exclusivamente a la prostitución, y los piojos a empomárselas. Era joda tras joda, parecía no tener fin. Hasta que… horror!!!! Tras una rascadita de Pirulo, un sector importante del centro de la ciudad se desprendió de raíz, y arrastró a miles de habitantes hacia el abismo. Cayeron al piso frío y húmedo de un baño público, donde fueron pisoteados y meados a mas no poder, concluyendo allí su cochina vida.
Luego de la catástrofe, nada volvió a ser igual. Los sobrevivientes comenzaron a emigrar, y pronto Pelambre Pandorga City quedó desolada.
Esta historia fue recogida durante una entrevista con ese piojo malparido que me tuvo a maltraer por dos semanas, sobreviviente de la hecatombe, pero que murió en los dientes de un peinecito pedorro.

Psicopatologías de la chaucha hedonista

La primer psicopatología que puede desarrollar una chaucha hedonista es la llamada “crisis de identidad chauchera”. Su síntoma más claro es la desorientación. La chaucha va y viene sin saber donde carajo tiene que quedarse. Esta crisis es producto del trato que se le da a lo largo de su condenada vida, y fundamentalmente por no poder definirse como un poroto verde, una vainita, una habichuela o sencillamente una chaucha. El tratamiento que mejores resultados ha dado es colocar la chaucha en un buen guiso y que logre visualizar que, independientemente de cómo se defina, su destino es siempre el estómago de un hambriento homo sapiens.
Otra psicopatología que debe considerarse es la que sufre la chaucha balina o balín. Esta especie hedonista es de hábito indeterminado, nunca se sabe para que lado dispara. Son anchas y aplanadas, lo que les ocasiona un grave complejo. Permanentemente buscan meterse en algún orificio. ¿Qué sucede entonces? ¿ Cuándo logran encontrar un agujero predispuesto? Pues quedan cubiertas de residuos excrementales, que las tiñe de un marrón putesco y ya no sirven ni para guiso. Aún no se ha encontrado un tratamiento de cura efectivo.
Una psicopatología que aún esta en etapa de investigación, dado que se trata de una enfermedad del siglo XXI, es la sufrida por la chaucha tranqueña. Si bien esta especie de chaucha hedonista no es de hábito indeterminado, y sabe muy bien donde apunta y que es lo que quiere; se encuentra con una dificultad importante al momento de los bifes. Cuando llega el momento crucial de envainar, se aporota. Algunos investigadores aseguran que este aporotamiento es el resultado de una carencia de fibra en las vainas. Ellos sostienen que la vaina sin hilo ni fibra, se seca y dificulta el desarrollo normal de la chaucha tranqueña. El tratamiento se encuentra aún en etapa experimental, pero pareciera que la mejor profilaxis es contar con un buen lubricante a mano, cosa que, la chaucha tranqueña no alcance a aporotarse al momento de los bifes.
Si desea mayor información sobre este tema, póngase en contacto con el Centro de Investigación de Psicopatologías de la chaucha hedonista, Licenciada Vamos Las Chauchas Todavía.