No sé cuando comencé a tener conciencia de mi muerte. Lo cierto es, que en determinado momento, supe que indefectiblemente moriría.
Debo confesar que tener esa certeza, no me causó, ni me causa, ninguna gracia. Probablemente porque soy una enamorada de la vida, y me revienta saber que un día voy a alimentar gusanitos juguetones, que se meterán por mis agujeros, ¡y yo no voy a poder sentirlos! ¡Eso es terrible!
Sin embargo, puedo aceptarlo. ¡Qué se le va a hacer! Seguiré disfrutando de mis agujeritos hasta el último día de mi vida. Aunque a veces me cuesta conseguir gusanitos juguetones que entiendan como es el juego. Principalmente que sepan que no se trata solamente de meterse, entrar y salir un rato, y listo. En fin… a veces pintan buenos gusanos.
Volviendo al tema de la muerte, lo que nunca entendí es para qué carancho nacemos si después vamos a morirnos. Es cosa de locos. O sea, nacemos para morirnos. ¿Así de simple y boludo? No, me están jodiendo. Seguramente hay algo después de muerte.
Y me puse a pensar en distintos escenarios.
Me muero, mi espíritu se elevará por los aires y voy a poder ver todo de arriba eternamente. ¡Qué aburrido!
Me muero, a la semana me levantaré de la tumba con olor a podrido, y joderé a todos los que me jodieron durante mi condenada vida. ¿Y después? ¿Qué hago? No, no sirve tampoco.
Finalmente, después de ensayar varias posibilidades más, llegué a la conclusión que si no fuera porque voy a morirme no sabría disfrutar de la vida.
Entender que el asunto es sencillamente nacer para morir, hace que cada segundo de mi existencia sea una aventura. Porque sé que de repente un día, kaput; pero… ¡No sé cuando! Entonces, ante la posibilidad que puede ser dentro de un rato, ¡A vivir a full carajo! No voy a perder el tiempo en analizar boludeces.

