| Monte de Rosario de Los Milagros |
Al volver al almacén, lo estaba esperando el distribuidor de la yerba mate Oro Verde. Abre el boliche, y lo invita a entrar.
- ¿Cuántas le dejo, Don Quique?
- Dos cajas de 10, como siempre, Pepe
- ¿Seguro, Don Quique?
- ¡Sí! ¿Hablo en chino?
Pepe, bajó las dos cajas de la camioneta, sin chistar.
- ¿Cuánto es?
- 400 pesos.
- ¿Cómo? ¿Me estás jodiendo?
- ¿Hablo en chino yo?
- Dejame una. Ya voy a ver, cómo pago el mes que viene.
- Ojo con el crédito, Don Quique. En cualquier momento, se corta. Nos vemos la semana que viene.
A los pocos minutos, llega Carlitos, viejo empleado de Don Quique.
- Buen día, Don Quique.
- Buen día, las pelotas.
- ¿Qué pasó, hombre?
- Andá, y remarcá todos los paquetes de yerba Oro Verde a $ 30.
- ¡A la mierda! ¡Es más del 100%! ¿Me está jodiendo?
- No, la puta que lo parió. Hacé lo que te dije.
- ¿30 mangos el kilo de yerba? Cagó la Rosita, ni para las espinas le queda.
Como llamada por telepatía, entra Rosita. La jubilada del pueblo.
- Buenas. Un paquete de yerba Oro Verde, Carlitos.
- ¿De un kilo, doña?
- ¡Sí, claro Carlitos!
- ¿Se lo anoto?
- ¡Sí, hombre!
- Bueno, doña, son 30 pesos. Por ahora.
- ¡Qué ladrones! ¡Y la Cristina, ni habla del 82% móvil! Ya ni mate, ni vacaciones, ni marido, ni cine, ni libertad de morir tranquila pensando que mis hijos y mis nietos estarán mejor. Dame medio kilo, Carlitos.
Rosita, salió indignada. Caminaba como cuando tenía 50 años. No había dolores que la pararan. Se fue derechito a lo de doña Ana. Una jubilada que participaba de las reuniones vecinales, que organizaban un par de locos, que acompañaban hasta las protesta de los maricas del pueblo.
- Buenas, doña Ana. Tengo que hablar urgente con usted.
- Pase, doña Rosita. ¿Qué es lo urgente? Hable, por favor.
- ¡El sinvergüenza de Don Quique, aumentó la yerba Oro Verde, a 30 pesos el kilo! ¡Hay que hacer algo doña Ana! ¿No le parece?
- ¡Por supuesto! Pero… ¿Cómo? Nosotras dos solas, no llegamos ni a la esquina. Tenemos que organizarnos todos los afectados por este aumento.
- Sí, por eso mismo vine a verla. Usted, que anda con esos jóvenes protestones.
- Hagamos una cosa, doña Rosita. Invitemos a una reunión a los vecinos del pueblo, en la casa de Don Carlos para discutir sobre este nuevo ataque a nuestros bolsillos. ¡Son unos ladrones, caraduras, sinvergüenzas! Tiene razón, doña Rosita.
No pasó ni media hora, que ya estaban todos reunidos en la casa de Don Carlos.
- Buen día vecinos. Los hemos convocado a esta reunión porque Don Quique aumentó la yerba Oro verde a 30 pesos el kilo.
Después, de las palabras de Don Carlos, se escuchó una exclamación de sorpresa acompañada, luego, de un murmullo prolongado.
- Por favor, vecinos. Hablemos uno por vez, así, nos escuchamos todos. Quien quiera decir algo, levante la mano y vamos anotando en una lista, que estará abierta hasta que nos pongamos todos de acuerdo.
Se anotaron en la lista: el enfermero, la maestra, el taxista, el ferroviario, el estudiante, Carlitos y Doña Rosita.
- Es un robo. No lo podemos permitir. Mi sueldo, no aumenta. Además, a veces, tengo que comprar el algodón para la salita, porque no hay.
- Coincido con el vecino, es un robo y los sueldos no aumentan. En la escuelita, ni mate cocido vamos a poder darle a los chicos. La municipalidad, hace rato que no manda las partidas para el comedor.
- Lo que gano con el taxi, me alcanza lo justo. Es un milagro conseguir un viaje en este pueblo.
- Mi sueldo de ferroviario, es una miseria. Encima, cuando hay algún kilombo; como por ejemplo, el del otro día que no funcionó la barrera; resulta que el responsable soy yo porque casi le pasa el tren por encima al Raulito. Cuando me cansé de mandar notas avisando que la barrera no estaba funcionando bien. Propongo que vayamos, todos juntos a exigirle a Don Quique que baje el precio. ¡Es el colmo! ¡Ni mate!
- Como estudiante, me parte al medio. Apoyo la propuesta del amigo ferroviario.
- ¿No es mejor, primero ir a hablar con Don Quique? Digo, puedo hacerlo yo.
- Vamos a ir a hablar, pero todos juntos.
Pide nuevamente la palabra Carlitos.
- Es mejor negociar. Podemos darle un tiempo. Seguro se va a acomodar el precio.
Pide la palabra Don Carlos.
- Eso del acomodamiento de precios, es puro cuento. Propongo, si no hay alguien que quiera hablar, pasemos a votar las propuestas.
Silencio total. Y se escucha el aplauso y el cántico amplio y rotundo de “Abajo el precio de la yerba Oro Verde”.
- Votamos por orden la propuesta del vecino ferroviario. Que vayamos todos a exigirle a Don Quique, que baje el precio de la yerba. ¿Por la afirmativa?
Sólo Carlitos, no levantó la mano.
- Se aprueba por mayoría absoluta, la propuesta del vecino ferroviario.
Así salieron todos juntos de la casa de Don Carlos hacia el almacén de Don Quique. Menos Carlitos, que se apuró para llegar antes.
- ¡Don Quique! ¡Está en el horno! Se vienen los locos esos con un montón de vecinos a exigirle que baje el precio de la yerba.
- ¡Pero qué les pasa! No puedo bajar el precio. ¿Cómo pago la última cuota del banco? Encima, les doy crédito a todos y que me paguen como puedan. Y, cuando les cobro, lo hago según el precio vigente. Y casi no hay inflación.
De pronto, se comienzan a escuchar los redoblantes y cánticos exigiendo se baje el precio de la yerba en el pueblo de Rosario de Los Milagros.
- Vecinos. Entiendo su reclamo, pero no soy el responsable del acomodamiento de precios. Seguro se va a acomodar.
- ¡Mentira! Nada baja, ni va a bajar nunca. ¿O alguien alguna vez vio algo que no suba su precio?
- Seguramente esto se acomoda con el próximo aumento que les van a dar.
- ¿Qué aumento? ¿El 18% que ofrecen? Eso no alcanza para acomodar el precio de la yerba. Así que, Don Quique, baje la yerba ya o no le compramos más.
Don Quique entra al almacén. Carlitos, lo mira con gesto de interrogación.
- ¡Estamos en el horno!
- Está en el horno. Yo soy un simple empleado.
- ¡Desagradecido! Estoy a punto de perder la clientela y a vos no se te ocurre nada.
- Baje el precio, Don Quique.
Se va a la oficina y comienza a hacer cuentas como loco. No cierra. Si baja el precio, no puede pagar la última cuota del banco. Si no le compran más yerba, tampoco. Agarra el teléfono y lo llama al Intendente.
- Che, Juan. Necesito que me des una mano. ¿Me otorgas un subsidio de 2000 pesos?
- ¿En carácter de qué, Quique? Está jodido el tema.
- No sé. Inventá un subsidio para los materos del pueblo. Me lo das a mí y te paso un 5.
- No, un 10.
- Está bien. Un 10.
Salió Don Quique a la calle.
- Vecinos, por este mes, el precio de la yerba será de 20 pesos. Es el de costo. Como verán estoy haciendo un esfuerzo enorme, les pido que por favor me ayuden. Soy un trabajador, como ustedes. Más no lo puedo bajar.
- ¡Qué trabajador ni ocho cuartos! ¡Un sinvergüenza es! ¡15 pesos el kilo o nada!
Acorralado, Don Quique, deja la yerba Oro Verde a 15 pesos.
Hagamos un ejercicio simple. Don Quique tiene que pagar en agosto 900 dólares al Banco. Supongamos que el dólar se mantiene a 4,82 pesos. O sea, debe pagar 4338 pesos. Vendiendo a 30 pesos, gana por kilo de yerba, 10 pesos. Agotando su stock de 10 kilos, gana 100 pesos por semana, 1000 pesos por mes. En cuatro meses, llega a los 4000 pesos. Pero, resulta que el pueblo le exigió que baje el precio a 15 pesos. Eso implicaba una “pérdida” para Don Quique de 200 pesos por mes. Como no quiere perder ni un peso, recurre a su amigo intendente. El intendente crea un subsidio de 2000 pesos por este mes, de los cuales 200 pesos son para él y 1800 para Don Quique. Que le paga al distribuidor a fin de mes 800 pesos y le quedan 1000 pesos. Deja el precio de la yerba Oro Verde a 15 pesos el kilo. El pueblo, aparentemente, ganó la lucha. Pero no, la lucha es mucho más amplia. ¿De dónde salen los 2000 pesos del subsidio? Del presupuesto municipal. Dentro de un presupuesto, lo más importante, son los recursos. ¿De dónde salen los recursos? Para hacerlo simple, de los impuestos. ¿Quiénes pagan los impuestos? ¿Quién termina pagando la yerba Oro Verde a 30 pesos? Espero respuestas y comentarios.

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